Por: Claudia López
Son las tres de la mañana y la casa está en silencio.
No el silencio bonito de cuando todo descansa, sino ese silencio que pesa cuando alguien no puede dormir.
Manuel está despierto. Con los ojos abiertos, mirando el techo como si ahí estuviera escrita la respuesta a lo que su cuerpo no logra entender.
Se mueve. Se tapa. Se destapa. Abraza la almohada. La patea. Vuelve a acomodarse. Va por un vaso de agua, luego al baño. Regresa a la cama.
No tiene pesadillas. No está enfermo. No “le pasa nada”, según los adultos.
Pero su pecho se siente apretado. Su cabeza no se apaga. Sus piernas quieren correr cuando su cuerpo debería descansar.
Piensa en la tarea que olvidó. En la maestra que hoy le pidió que se callara. En el ruido del salón. En el recreo que fue demasiado corto. En la clase de matemáticas donde no entiende como se divide.
Respira rápido. Luego lento. Luego otra vez rápido.
Escucha a los adultos dormir. Ellos sí pueden apagar el mundo. Manuel no.
Se pregunta, sin palabras, qué hizo mal para estar tan cansado y aun así no poder descansar.
Y mientras el reloj avanza y dan las 6, su cuerpo pequeño sigue sosteniendo un cansancio que no debería ser suyo.
Lo que sucede con Manuel no es raro y no es algo pasajero. Es la manera en que la ansiedad se abre paso en la mente de nuestros pequeños: mientras todos duermen, en silencio, de noche, cuando solo estamos nosotros con nuestros pensamientos. Es ahí donde el cuerpo ya no puede sostener todo lo que durante el día se vio obligado a aguantar.
Casi nunca grita, incluso muchas veces no se nota cuándo aparece. Solo se manifiesta así: como un niño cansado que no logra dormir, como un sistema nervioso que no sabe cómo apagarse, como una mente pequeña cargando preocupaciones demasiado grandes para su edad. Y mientras los adultos buscan la razón y el origen, la ansiedad sigue ahí, como un inquilino incómodo día y noche. A veces la ansiedad grita en silencio para ser vista como la señal de que algo en su mundo se está volviendo difícil de sostener.
En México no hay una cifra oficial única sobre ansiedad en niños, pero sí se sabe que más del 50 % de los problemas de salud mental en adultos (como ansiedad y depresión) se inician en la niñez y la adolescencia, lo que subraya la importancia de la detección temprana. Organizaciones como UNICEF señalan que hasta el 15 % de niñas, niños y adolescentes pueden presentar ansiedad generalizada, depresión u otros problemas asociados a la salud mental, incluyendo ansiedad severa si no se atiende.
En un mundo donde las distancias hacen que nuestro día comience cada vez más temprano, no es extraño que incluso los traslados tengan un impacto en la vida emocional de nuestras pequeñas criaturas. Ese cansancio, esa prisa constante, ese ir y venir sin pausa, también se quedan en sus cuerpos y en sus cabezas, detonando síntomas que muchas veces ni siquiera ellos saben nombrar.
Manuel no está exagerando. No está buscando atención. Su cuerpo está reaccionando a un entorno que lo sobrepasa. La velocidad con la que nos movemos en el mundo está dejando estragos en nuestras infancias. Falta de sueño, demasiado ruido, demasiadas exigencias, poco descanso físico y emocional, poca validación. Vivir prácticamente en modo supervivencia es la receta perfecta para que aparezca la ansiedad en la infancia. Es el resultado de un sistema nervioso que vive en estado de alerta constante.
¿Y cómo no estarlo? Si el propio entorno adulto exige estar siempre en guardia. Violencia, inseguridad, falta de empleos, un sistema de salud insuficiente, un sistema de transporte ineficiente… son solo algunos de los factores que inestabilizan la vida cotidiana de los adultos y que, aunque no lo queramos, se filtran directamente en la experiencia emocional de las infancias. Ellos también habitan este mundo acelerado, tenso y frágil, solo que lo hacen con muchos menos recursos para defenderse de él.
La ansiedad infantil no nos habla de niños frágiles, nos habla de mundos demasiado caóticos para mentes tan pequeñas. Nos invita a mirar en este UNIVERSO NEURODIVERSO más allá de la conducta y del comportamiento, y nos obliga a reconocer la violencia normalizada a la que estamos exponiendo a nuestras infancias. Cuidar la salud mental de niñas y niños debería ser una prioridad real dentro de las políticas públicas. Porque las consecuencias de ese abandono no desaparecen: se arrastran con los años, crecen con ellos, y son las mismas que hoy nos llevan, como adultos, a vivir con miedo al futuro, a imaginar guerras, colapsos y catástrofes. Lo que no cuidamos en la infancia, el mundo lo paga en la adultez.

Claudia Elizabeth López Zapata
Terapeuta, docente y comediante por capricho, pero neurodivergente de por vida. Directora de SOLE IDC, espacio de atención integral para personas neurodivergentes y sus cuidadores.
Licenciada en Educación Especial, apasionada por el comportamiento humano y la neurociencia. Creadora de contenido en el UNIVERSO NEURODIVERSO.

