Por: Claudia López
Paco llega a la escuela con una sonrisa pícara, buscando a sus amigos. Camina con esa mirada parecida a la de un ladrón orgulloso, ese que no huye, sino que ansía mostrar la joya preciada que acaba de robar.
En el recreo se juntan todos en círculo. Paco abre la mochila con cuidado, como si supiera que lo que está a punto de sacar no debería estar ahí. De entre los cuadernos aparece un paquete de cartas de póker. No son las cartas lo que llama la atención, sino la parte de atrás: muchachas con poca ropa, cuerpos que no se parecen a ningún cuerpo real que ellos conozcan.
Las risas son nerviosas. Nadie entiende del todo lo que ve, pero todos sienten que eso es algo importante, algo que se mira en silencio y se guarda como secreto.
Ese mazo era de su papá. Lo encontró días antes en su mochila y recuerda perfectamente la discusión en casa. Mamá se molestó, dijo que no era apropiado, que eso no era para niños. Papá, en cambio, restó importancia y cerró el tema con una frase que sonó tranquilizadora:
—Ay, eso como quiera lo va a conocer. No es para tanto.
Y así, sin darse cuenta, la educación sexual de Paco no empezó con información, ni con cuidado, ni con adultos dispuestos a explicar. Empezó en el recreo, entre imágenes que distorsionan la realidad, silencios incómodos y la idea de que el cuerpo, el deseo y los límites son algo que se aprende a escondidas.
El acceso temprano a redes sociales está desprotegiendo a las infancias. Contenido erótico, imágenes distorsionadas y herramientas de inteligencia artificial capaces de poner en bikini cualquier imagen que alimente su algoritmo se han vuelto parte del pan de cada día.
Y aunque en pleno 2026 seamos conscientes de las opresiones a las que históricamente hemos sido sometidas las mujeres, estas dinámicas se siguen replicando sin cuestionamiento. La hipersexualización no desapareció: se digitalizó, se automatizó y se volvió cotidiana.
Cuando la sexualidad se presenta así —sin contexto, sin educación y sin acompañamiento adulto— no se traduce en información, sino en confusión. Esta falta de educación sexual integral se convierte en una bola de nieve que crece en silencio y termina impactando en la vida real: embarazos adolescentes, enfermedades de transmisión sexual a edades cada vez más tempranas y decisiones tomadas desde el desconocimiento, no desde el cuidado. Consentimiento por presión en lugar de consentimiento real.
En datos, según un estudio realizado a 40 escritos de investigación, el 20 % de los adolescentes reconoce haber consumido pornografía antes de los 10 años, y hay casos documentados de inicio incluso desde los 8 años. Además, casi uno de cada cuatro varones accede a pornografía diariamente. En México bastaba con voltear a la repisa del baño para encontrar el libro vaquero, tan normalizado en los baños mexicanos como la cubeta debajo del lavabo.
En México, encuestas señalan que un 9 % de los adolescentes ha consumido pornografía, con primera exposición muy temprana, y que esta presencia digital empieza a edades donde todavía no existe educación sexual formal.
Una encuesta nacional reveló que internet es la principal fuente de información sobre sexualidad para adolescentes (71 %), por encima de la escuela, y que la pornografía fue consumida por alrededor del 9 % de los encuestados, lo cual es significativo cuando se considera la falta de educación sexual formal.
La preocupación no radica únicamente en que niñas, niños y adolescentes tengan acceso a pornografía, sino en que ese acceso ocurre sin educación sexual crítica ni acompañamiento adulto, lo que impacta directamente en la forma en que construyen sus prácticas y decisiones. Diversos estudios señalan que esta exposición temprana se vincula con conductas sexuales de mayor riesgo, como el menor uso de métodos de protección, lo que incrementa la probabilidad de embarazos no planeados y de infecciones de transmisión sexual.
A esto se suma un problema de fondo: para muchos adolescentes, internet y las redes sociales han ocupado el lugar de la escuela y la familia como principal fuente de información sobre sexualidad. Ya sea por vínculos frágiles, posturas religiosas rígidas o por la desinformación que aún persiste en muchos hogares mexicanos, la conversación simplemente no ocurre. Esta ausencia deja una brecha profunda en la educación sexual y expone a las infancias a contenidos fragmentados, distorsionados y sin una perspectiva de cuidado, consentimiento ni responsabilidad.
Hablar de educación sexual no es adelantar etapas ni “despertar curiosidades”, es proteger. Proteger a las infancias de aprender sobre su cuerpo, el deseo y las relaciones desde la violencia simbólica, la desinformación y la distorsión. Mientras sigamos delegando esta tarea a las redes sociales, a la pornografía y a los algoritmos, seguiremos llegando tarde: cuando ya hay miedo, consecuencias, silencios difíciles de romper e inocencias perdidas.
La educación sexual integral no es una opción ideológica, es una estrategia de cuidado y prevención. Nombrar, explicar, acompañar y poner límites claros es responsabilidad del mundo adulto en este UNIVERSO NEURODIVERSO. Porque el problema no es que las infancias pregunten o miren; el problema es que nadie esté dispuesto a responder, a hacerse cargo de lo que están aprendiendo y de cómo eso impacta su vida, su salud y su futuro.

Claudia Elizabeth López Zapata
Terapeuta, docente y comediante por capricho, pero neurodivergente de por vida. Directora de SOLE IDC, espacio de atención integral para personas neurodivergentes y sus cuidadores.
Licenciada en Educación Especial, apasionada por el comportamiento humano y la neurociencia. Creadora de contenido en el UNIVERSO NEURODIVERSO.

