Por: Claudia López
Ramiro y Renata están sentados en el piso, rodeados de papel brillante. No es Navidad, ni cumpleaños, ni un día especial. Es martes. Ramiro acaba de abrir un juguete nuevo mientras Renata mira el suyo, idéntico, todavía cerrado.
—¿Por qué él primero? —pregunta. Nadie responde. Un adulto solo dice: “Ahorita te toca, no llores”. Renata aprieta la caja contra el pecho, el tiempo se vuelve insoportable. Ramiro, en cambio, ya perdió interés: el juguete dejó de ser emocionante en menos de cinco minutos. Como cuando pide una cajita roja con carita feliz y el muñeco termina abajo del asiento del coche antes de llegar a casa.
Días después, en la posada, rompen la piñata. Ramiro golpea, Renata también. Cuando cae, alguien reparte premios con cuidado quirúrgico: todos reciben lo mismo, nadie se queda sin nada, nadie pierde. A Renata le dan una cuchara y la cara se le desarma. Un adulto corre a cambiarla por dulces. —No pasa nada, ellos no entienden —dice.
Ramiro observa en silencio, aprendiendo algo que nadie está nombrando: que la incomodidad se evita, que el deseo se satisface rápido y que la decepción no se transita… se esquiva.
En Navidad, el gordito de barba larga hace lo correspondiente. Llega con el juego tan pedido y con la bicicleta soñada… en rojo, porque turquesa no había. Ramiro corre directo a la consola, decidido a acabarse el juego rápido para poder pedir otro. Renata llora. Ella quería una bicicleta, pero roja no le sirve; le sirve turquesa, porque así la diseñó y la planeó en su cabeza. Mamá y papá buscan desesperadamente la forma de ayudarle al gordito de barba a resarcir el “daño” ocasionado. Porque se lo merecen. Son buenos niños.
Cuando ellos eran niños, también eran buenos. Pero Santa no llegaba, porque no había. Así que hoy Ramiro y Renata tienen todo lo que ellos no tuvieron… incluso la dificultad indomable de tener que esperar.
Lo que vive Ramiro no es casualidad: es el reflejo de una infancia atravesada por el consumo constante. Niños hiperregalados no porque lo pidan, sino porque el mercado —y los adultos— aprendieron que regalar calma, distrae y compra paz momentánea. El objeto deja de ser significativo rápido, porque no hubo espera, ni deseo sostenido, ni construcción del valor. La novedad dura menos que la caja.
Y no es un fenómeno aislado, es algo esperado que se vive dentro de la sociedad del consumo. Sociedad del consumo es un tipo de organización en la que las personas no solo adquirimos productos que satisfagan nuestras necesidades, sino también para expresar identidad, alcanzar un estatus social o por el simple deseo de poseer y acumular bienes. Basta con entrar a redes sociales, buscar a los influencers de moda y observar la cantidad exhorbitante de ropa, tenis, videojuegos, maquillaje e incluso de accesorios para su bote de agua… si, ese que compramos para rellenar pero ahora es indispensable tener en colores de acuerdo a la temporada y con mas adornos que la macroplaza o Luztopia en esta Navidad.
La sociedad de consumo está dejando estragos en las infancias. Poca tolerancia a la frustración, falsos positivos a tdah, baja autoestima y conductas de riesgo por no pertenecer a espacios “socialmente aceptados” son algunas de las consecuencias que hoy se ven y se viven no solo en espacios familiares, si no también en la escuela.
La psicología del desarrollo lleva décadas estudiando la relación entre recompensa, espera y autorregulación. Investigaciones clásicas sobre retraso de la gratificación muestran que la capacidad de esperar no es solo una cuestión de carácter, sino una habilidad que se construye en la infancia a través de experiencias repetidas donde el deseo no se satisface de inmediato, pero sí es acompañado. Cuando estas experiencias desaparecen, la tolerancia a la frustración no se desarrolla: se evita.
Estudios contemporáneos también señalan que la exposición constante a recompensas inmediatas —objetos, estímulos, pantallas, premios— se asocia con mayores dificultades en el control inhibitorio, menor persistencia ante tareas difíciles y una mayor dependencia a estímulos externos para regular emociones. No porque los niños “no puedan”, sino porque no se les da la oportunidad de entrenar la espera.
Además, se ha observado que muchos niños etiquetados rápidamente con diagnósticos como TDAH presentan, en realidad, dificultades de autorregulación profundamente influenciadas por el contexto: sobreestimulación, exceso de recompensas, poca experiencia con el error y una baja tolerancia adulta al malestar infantil. No todo es neurobiología; mucho es entorno.
La evidencia también es clara en algo incómodo: los niños aprenden a esperar solo cuando confían en que obtendrán algo del adulto. Cuando cada frustración es resuelta con un reemplazo inmediato —otro dulce, otro juguete, otro premio— el mensaje implícito es que el mundo no es confiable, si no tengo una respuesta rápida e inmediata. ¿Para qué tengo que esperar?
No es que Ramiro y Renata no entiendan. Entienden perfectamente el mundo que les estamos enseñando.
Un mundo donde perder no es opción, donde la espera es un error, donde la frustración se tapa y no se transita. Un mundo donde el deseo manda y el malestar se compra, se cambia o se calla.
Cuidar a las infancias de en este UNIVERSO NEURODIVERSO no es darles todo lo que nosotros no tuvimos. Es atrevernos a acompañarlos en lo que tampoco nos supieron acompañar a nosotros: la decepción, el límite, la espera y el no.
Porque la frustración no rompe a los niños. Lo que los rompe es crecer sin haberla aprendido a sostener.

Claudia Elizabeth López Zapata
Terapeuta, docente y comediante por capricho, pero neurodivergente de por vida. Directora de SOLE IDC, espacio de atención integral para personas neurodivergentes y sus cuidadores.
Licenciada en Educación Especial, apasionada por el comportamiento humano y la neurociencia. Creadora de contenido en el UNIVERSO NEURODIVERSO.

