Por: Claudia López
Otro niño más a la lista de la maestra Clara. No es cualquier niño. Es Pedro, alumno de recién ingreso. Esta es su tercera escuela. Los maestros dicen que es un niño difícil, inquieto, con mucha intención.
Después de largas horas de frustración, sus padres encontraron una respuesta: Pedro es neurodivergente.
Las escuelas anteriores empujaron indirectamente a detectarlo. Las múltiples quejas hicieron que, de alguna manera, Carmen y Lauro “se dieran por vencidos” y buscaran otras alternativas que le hicieran bien.
Clara lo recibe con miedo e incertidumbre, pero dispuesta a poner de su parte. Admite que no sabe mucho del tema, pero tiene verdadero interés en aprender cómo ayudar a Pedro.
Las alternativas son muchas, pero el presupuesto, poco. Pedro necesita estrategias diversas, pero también conocimiento. No conocimiento sobre él, sino sobre cómo él necesita moverse, hablar y crear para aprender. Ese conocimiento que, generalmente, se da fuera del sistema… no dentro.
Clara lo intenta con lo que puede. Pero con su sueldo, ya repartido antes de que llegue, las opciones son finitas. Quiere aprender, pero no puede pagarlo. Su salario apenas alcanza para vivir, mucho menos para formarse.
Las capacitaciones dentro del sistema son escasas, patologizantes y casi siempre culpabilizan al niño. Las que realmente aportan están fuera del sistema: hay que invertir dinero, energía y tiempo de familia. El costo es alto.
Mientras tanto, hace lo que puede con lo que tiene: sus ganas de hacer sentir mejor a Pedro. Y, en realidad, eso era lo único que Pedro necesitaba para ser comprendido.
Menos mal, porque eso no requiere ser pagado ni comprado. Solo decidido.
Porque mientras el sistema se queda obsoleto, lo humano —la empatía, la curiosidad, la voluntad— sigue siendo el recurso más valioso y, a la vez, el menos reconocido.
La historia de Clara podría contarse en cualquier escuela de México. Cambia el nombre, cambia el niño, pero el guion es el mismo: maestras con buena voluntad, sin herramientas; capacitaciones desactualizadas; y un sistema que sigue hablando de inclusión sin invertir en ella.
Se escucha muy bonito “la escuela es para todos”, pero cuando se lleva a la práctica, el “todos” se refiere a “todos los que acceden sin necesidad de modificación”.
La escuela inclusiva se ha convertido en el nuevo discurso político para “garantizar” la universalidad de la educación; sin embargo, sigue siendo solo eso: un discurso útil para ganar adeptos y levantar popularidad entre la población votante.
Desde las reformas educativas en materia de inclusión iniciadas en la década de 1990, se ha navegado contra corriente. Si miramos hacia aquel contexto, el modelo predominante —clínico y rehabilitador— se centraba en la “normalización” de los niños mediante tratamientos y terapias que les permitieran ser integrados a la sociedad.
Treinta y cinco años después, y pese a las múltiples reformas en materia de atención a la diversidad neurofuncional y a la discapacidad, seguimos anclados en el mismo enfoque.
“Asistir, rehabilitar, integrar e incluir” han sido los verbos que han guiado las políticas, los manuales y las reformas educativas, reflejando más un marco político que una comprensión profunda de la diferencia. En la teoría, deberíamos haber transitado hacia un modelo de inclusión real: uno en el que no sea necesaria la exclusión o separación de los niños para que reciban lo que necesitan.
Pero henos aquí, poniendo el ojo y el foco en una dinámica tan común en las escuelas en pleno 2025. Y no solo es responsable el sistema educativo. Espacios terapéuticos y de evaluación siguen centrados en el modelo de “normalización”, que pretende modificar conductas para que los niños sean los que se integren, y no para que la sociedad los incluya. Los mecanismos de acción de ambas posturas son dimensionalmente opuestos.
Aún se brindan informes de evaluación que siguen describiendo fallas, regresándonos constantemente a la idea patologizante de las neurodiversidades.
Si partimos de ahí, ¿cómo pretendemos que la escuela tenga una visión actualizada, despatologizante y empática, si afuera hay que rascarle para encontrarla? Pues ese debería ser el papel del sistema: actualizarse.
El problema no está solo en la escuela. Está en todos los espacios que siguen mirando la diferencia como error y no como diversidad. Seguimos evaluando, corrigiendo y rehabilitando, cuando deberíamos estar comprendiendo, adaptando y aprendiendo.

Claudia Elizabeth López Zapata
Terapeuta, docente y comediante por capricho, pero neurodivergente de por vida. Directora de SOLE IDC, espacio de atención integral para personas neurodivergentes y sus cuidadores.
Licenciada en Educación Especial, apasionada por el comportamiento humano y la neurociencia. Creadora de contenido en el UNIVERSO NEURODIVERSO.

